UNA DESPEDIDA MUY ESPECIAL

 

 

Cairo, 27 de agosto de 2005. Aproximadamente 12 de la noche.

Todas las cosas sufren el abrumador paso del tiempo. Las cosas bellas que nos rodean, los objetos, monumentos, construcciones. Nada ni nadie puede escapar del lento deterioro sufrido por el paso del tiempo.

No es fácil definirlo, para muchos un concepto abstracto, para otros algo que necesita ser medido por las manecillas incansables de un reloj. Sea como sea está ahí y todo nuestro mundo sufre su efecto devastador.


Esa era mi reflexión aquella noche mientras la contemplaba. Eterna, implacable, serena. El tiempo no había podido con ella. Y yo me sentía insignificante ante tal magnificencia, ante su esplendor aún intacto tras miles y miles de años.


No estaba muy atenta a lo que ocurría a mi alrededor. Había barullo. Mis compañeros de mesa charlaban animadamente tras un viaje donde habíamos compartido una intimidad inimaginable en el momento en que todos nos encontramos en Barajas. Habían sido catorce días intensos, completos, en los que habíamos agotado hasta el último segundo que el cansancio de nuestros cuerpos nos permitió.
Egipto. Maravilloso Egipto. A nadie deja indiferente. Todo lo que hay allí hace vibrar hasta la última de nuestras células. Habíamos comenzado en el lago Nasser, después el Nilo, pasando por Luxor y finalizando en ese caos ordenado que refleja El Cairo. Allí, en Giza, habíamos estado en su interior, nos había arropado. Para muchos, la primera vez. Para otros, una vez más siempre irrepetible y única. Una experiencia diferente para cada uno y muy especial nos aguardó allí para todos los que recorrimos la Gran Galería y finalmente llegamos a la Cámara del Rey.


Era la noche de despedida. Nuestra despedida de Egipto, nuestra despedida del grupo y nuestra despedida de la imponente Gran Pirámide. No imaginábamos que nos tenía preparado algo muy especial.
Habíamos decidido ir a cenar al Christo, para que ella estuviera presente como un compañero de mesa más. Desde la terraza del restaurante sentíamos la impresión de casi poder tocarla con las manos y creo que nadie durante esa cena pudo dejar de mirarla.
Mi compañero intentaba sacarme de mi estado absorto. Pero me encontraba totalmente secuestrada por ella, preguntándome una y otra vez sobre el misterio de su existencia y sintiéndome más y más pequeña cada vez.


De pronto, gritos de sorpresa, movimiento en la mesa, todos los comensales levantándose de un lado para otro. Fernando, intentando plasmar para siempre con su cámara digital aquél mágico momento, había visto algo. En su fotografía aparecía una extraña luz a la derecha de la Gran Pirámide. Esta luz no podíamos verla directamente, pero a través de la cámara se apreciaba perfectamente.

¡En cada instantánea que tomaba Fernando podíamos observar cómo se iba desplazando! Pronto, todos sacamos nuestras cámaras y comenzamos a tomar fotografías, aunque no todas las cámaras podían captar el inusual fenómeno. La excitación hizo acto de presencia

 

. ¿Qué era aquello? ¿Cómo podía ser que no lo viéramos? Pero no había ninguna duda. Sea lo que fuera, aquél objeto volante no identificado se movía rápidamente y parecía saber muy bien lo que hacía. Muchos aseguraban que utilizando el zoom de la cámara se podían observar hasta una especie de ventanitas. Sorprendente. Alguien más nos hacía compañía en la noche de nuestra despedida.


Se dice que no hay mayor ciego que el que no quiere ver. Os dejo todas esas fotos aquí, cortesía de Fernando Cano, para que juzguéis por vosotros mismos.

Diana Heranz

 

 

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