“fantasmas: huellas del pasado”
Escrito por Pedro J. Fernández
Es uno de los fenómenos más inquietantes de todos y cuantos componen el espectro paranormal. ¿Realidad o ficción? ¿Autonomía o proyección mental? Son muchas las preguntas que nos hacemos acerca de la existencia real de los fantasmas. En el siguiente artículo abordamos una pequeña parte de su historia y evolución. De las imágenes corpóreas de antaño a las extraños formas del presente...
¡¡¡ Yo he visto un fantasma ¡¡¡ ¿A cuántos de nosotros nos gustaría pronunciar esta frase?
El abanico o espectro paranormal es muy amplio y en él podemos encontrar multitud de fenómenos que nos sobrecogen y apasionan. Pero si tuviéramos que ser testigos o elegir de entre todos ellos el más significativo y sorprendente, ese, sin lugar para la duda sería el fenómeno de las apariciones. Todos los amantes y curiosos, seguidores del mundo extraño desearían poder encontrarse cara a cara con una manifestación visual, con un fantasma. Pero la búsqueda es ardua y los resultados más bien escasos.
Y desde luego que para decir que hemos visto un fantasma, primero debemos tener claro qué es un fantasma. Etimológicamente hablando el término proviene del latín phantasma, y este del griego φάντασμα. La Real Academia de la Lengua Española lo define de varias formas entre las que destaca imagen de un objeto que queda impresa en la fantasía y visión quimérica como la que se da en los sueños o en las figuraciones de la imaginación. Según estas definiciones los fantasmas no existen realmente aunque otra definición del citado organismo dice que un fantasma es la imagen de una persona muerta que, según algunos, se aparece ante los vivos. Lo cual deja abierta la posibilidad de que cada cual tome la definición que mejor se adapte a su modo de pensar. Y es aquí donde “para gustos, los colores”
Buscar las primeras apariciones de fantasmas, tomando el término como una imagen inmaterial que se aparece con determinada forma, no es una tarea fácil. Las referencias bibliográficas son antiquísimas si tomamos como punto de partida uno de los libros más antiguos de nuestra era: la Biblia. En ella aparecen, y nunca mejor dicho, claras referencias sobre distintas apariciones, en este caso supuestamente divinas y de otros personajes que no lo fueron. Griegos, Romanos, Hindúes, Egipcios,…no hay civilización, por antigua que esta sea, que no posea referencias sobre apariciones de personas que ya estaban muertas. Por ello daremos un gran Salto en la Historia y nos remitiremos a los primeros casos reflejados en las crónicas de investigación de nuestros ancestros investigadores. Pero para ello primero deberíamos aceptar la idea de que existe vida tras la muerte y que además ésta puede entrar en contacto con el mundo de los vivos. Es aquí donde encontramos la primera puerta cerrada a la existencia de los fantasmas. Ahora bien, si damos por hecho la trascendencia del alma, la supervivencia de lo que llamamos espíritu sí que podremos aceptar la posibilidad de que realmente exista ese contacto entre ambas formas de existencia. ¿Y por qué no admitir la supervivencia del alma? Decía Pierre Simon Laplace – astrónomo, físico y matemático francés- que “sería poco filosófico negar la existencia de ciertos fenómenos, tan solo por que no pueden ser explicados en el estado actual de nuestros conocimientos”
Los testimonios que nos han legado ilustres personajes del mundo de la investigación, de la Metapsíquica antigua, sí que por lo menos nos dan la posibilidad de hacer una clasificación sobre el mundo de la fantasmogénesis. Dicha clasificación sería expuesta- a modo muy resumido- de la siguiente forma:
- Fantasma: aparición de un ser inmaterial con aspecto humano que guarda relación con el testigo que lo observa, pudiendo ser éste un conocido o familiar del sujeto que lo visualiza
- Espectro: aparición de un ser inmaterial con aspecto humano que se hace presente siempre en un mismo lugar describiendo una secuencia tipo bucle en su recorrido y que nada tiene que ver con el testigo que lo observa
- Aparición: visualización de un ser inmaterial que es visto en un lugar determinado pero que no cumple ningún patrón de conducta como los anteriormente descritos y que además no guarda ningún vínculo con el testigo que lo observa.
Gracias a esta clasificación, a la que se pueden sumar, siempre entre comillas, otras manifestaciones como podrían ser los ectoplasmas, ectocoloplasmas, psicoimágenes, teleplastias, etc… nos permite realizar un estudio y seguimiento concreto para intentar captarlos con cualquiera de los aparatos que hoy en día utilizan los investigadores. No es la primera vez que ante la denuncia de la aparición de un espectro se han podido obtener resultados al realizar el seguimiento que nos ofrece este tipo de manifestación en concreto ya que “sabemos” donde aparece y a qué horas ha sido visto, según siempre los testimonios de los testigos.
Pero las apariciones, tomando la palabra en su sentido genérico, han perdido intensidad a lo largo de la Historia. Desde que entrara en “funcionamiento” el espiritismo nacido en la casa de las Hermanas Fox en Hydesville (Nueva York) el 31 de marzo de 1848 y promulgada la corriente espiritista por célebres nombres como el de Allan Kardec, la visualización del mundo de los fallecidos tomó un auge espectacular. Las personas que defendieron a ultranza la posibilidad del contacto con el mundo de los muertos no eran locos de atar sino ilustres profesores, doctores, filósofos,… que investigaron los casos que por entonces se daban, dicho sea de paso, con mayor facilidad que en nuestros días. Tanto es así que el fenómeno de “los aparecidos” llegó a tal extremo que indujo la creación de dos sociedades universitarias en Inglaterra para el estudio de los fantasmas: la Phantasmological Society de Oxford y la Ghost Society de Cambridge.
Los pasados siglos XIX y XX están “plagados” de fotografías en las que aparece, según los testigos de la época, el fantasma de personas ya fallecidas. Seres desencarnados que encontraron una pasmosa facilidad para aparecer y ser vistos. Muchas de esas imágenes han sido tachadas de fraudulentas pero otras tantas carecen hoy día de explicación. Lo que nos llama curiosamente la atención es la disminución de registros que con el paso de los años hemos sufrido. Es decir, ¿por qué hoy día no hay tantas imágenes como las de antaño sabiendo que el número de experimentadores que van tras una prueba real ha crecido notablemente? Otro curioso dato es que hoy por hoy no se fotografían fantasmas como en otras épocas, y me refiero a la apariencia que presentan estas formaciones. Basta observar que en las fotografías de los últimos 20 años apenas hay formaciones fantasmagóricas con aspecto humano. Es como si hubieran perdido parte de esa “destreza” para hacerse visibles, incluso podríamos decir que han cambiado su aspecto. En contraposición han ganado notoriedad las imágenes donde aparecen extrañas formas no definidas que quedan atrapadas en las películas con distintas longitudes de onda, en infrarrojo, ultravioleta, etc… Hoy nos daríamos por satisfechos al capturar una imagen, tenga esta forma o no, y no poder dar una explicación racional a lo que en ella aparece. Sería impresionante recoger en una instantánea una imagen como las de antaño. Las hay pero son muy escasas y no exentas de polémica.
¿Qué ha pasado pues para que se de este “retroceso” en las manifestaciones? A veces podemos llegar a pensar que todo tiene una explicación, incluso aquellas imágenes que han trascendido hasta nuestros días y que nunca han conseguido ser explicadas. Pero no sería justo evaluar todos estos años de misterio por el mero hecho de no conseguir “tan fácilmente” las imágenes que antaño eran capturadas. Es evidente que algo ha cambiado. La técnica de nuestros días poco tiene que ver con las pioneras y si el fenómeno es real y esas figuras aparecían realmente en las películas antiguas, hoy, que los sistemas de fotografía han avanzado tanto, deberían darnos la posibilidad de captar un número mayor de registros y quizás con una mayor claridad en la imagen. Quizá la respuesta radique en que no todas aquellas imágenes de otras épocas fueran ciertas y que realmente el número de fotografías de fantasmas con apariencia humana fueran tan escasas como lo son hoy en día. Igualmente la corriente defensora de las apariciones ha cambiado en su interpretación. No hay que perder de vista que el espiritismo, que como su nombre indica no deja de ser una disciplina que abarcaría el contacto con los espíritus, es decir, con los difuntos, incluyendo la aparición de los mismos siendo éstos fotografiados, no es interpretado hoy igual que antaño. Los investigadores contemporáneos se centran en captar y obtener una prueba. Es posible que para muchos de ellos sea el único fundamento de la investigación: obtener pruebas. Pero para los pioneros, las pruebas quedaban al margen, su propósito real era el establecer el contacto y si se terciaba, poder tener la imagen de que lo que acababa de ocurrir registrada en sus películas, pero esto quedaba en segundo plano.
Quiero decir con esto que a veces nos olvidamos de cuales son nuestros objetivos a la hora de investigar el campo de la fantasmogénesis y si detrás del mundo de los fantasmas hay realmente un mundo que en su esencia no deja de ser la trascendencia del nuestro, a los supuestos espíritus no les debe sentar muy bien aquello de que vayan detrás de ellos constantemente con el único deseo de capturarlos en fotografía o video como si estuvieran inmersos en el mundillo de los paparazzis.
Con certeza no lo sabemos pero imaginamos que los fantasmas han de estar ahí, buscando el contacto en el momento oportuno y cuando la situación así lo requiera. No olvidemos que después de todo no es el ser humano quien controla su manifestación sino que “ellos”, a pesar de los pesares, gozan del privilegio de la autonomía, de decidir cómo, cuando y donde han de ser vistos. Por ello, ahí, en la intimidad, alejados de las pruebas, de los sofisticados sistemas “de caza” y de otras farándulas que sentarían mal a cualquiera, los fantasmas siguen tomando contacto cuando menos te lo esperas
Escrito por el Reportero, Investigador y Escritor Pedro J. Fernández
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